ANÉCDOTAS BERNALENSES
“Cholo vamos a comprar un par de cajas de cervezas”
Hace muchos años, se casó don Martín Tume Rumiche. Su esposa es de Sechura y el matrimonio se realizó en esa localidad. Don Carlos Tume Chunga - padre del novio - era una persona notable, así que invitó a sus mejores amigos, entre ellos al infaltable Julio Pingo. Julio con gusto aceptó la invitación, pero tenía un pequeño problema: como estaba enfermo, cuando bebía sus cervezas, rápidamente “se le aflojaban las tripas”. De todas maneras se fueron el día de la boda. Entre otros invitados iba con ellos don Valdemar Mendoza, quien fue con movilidad propia. Desde que lo vio, Julio Pingo dijo entre si: “aquí está la solución”. Llegaron, participaron de la ceremonia, bailaron lo tradicional, comieron, bebieron y muy alegres celebraban el gran acontecimiento.
Pasaron las horas y Julio Pingo empezó a tener sus primeros “problemas”. Como los invitados de Bernal estaban en grupo, a Julio Pingo se le ocurre una genial idea y empezó su plan diciéndole a Valdemar: “Cholo, nosotros no hemos traído regalo”. “Cierto” - reflexionó Valdemar. “No te preocupes, no se han dado cuenta”, le manifestó Julio Pingo - que ya “le apuraban sus tripas” -. “Yo he traído plata… de aquí nos vamos a comprar un par de cajas de cerveza”, concluyó Julio. “Listo - dijo Valdemar - con eso quedamos bien… más bien vamos de una vez”. “Espérate, de otro ratito vamos”- contestó el jodido de Julio Pingo.
Al buen rato, cuando ya le apuraba más su necesidad, Julio le dijo a Valdemar: “vamos ahora sí Cholo”. Partieron y Valdemar se le veía alegre pues, aparte que iban a seguir bebiendo, iban a quedar bien con los novios. En el trayecto, Julio Pingo, le dice: “Cholo, primero vamos al río para hacer mi necesidad, después compramos la cerveza… pero para quedar bien de ahí tu entras con una caja y yo con la otra”. “Listo, no hay problema”, dijo bastante emocionado Valdemar.
Tal como quedaron, se fueron a la orilla del río, Valdermar esperó un buen rato para que Julio Pingo “limpie bien sus tripas”. Como a los veinte minutos se aparece Julio Pingo, diciéndole: “vamos cholo, ahora sí puedo quedarme hasta que amanezca”. Valdemar arrancó el carro y le dijo “¿dónde vamos a comprar la cerveza?”. “¿Cuál cerveza?”, dijo Julio Pingo. “La cerveza pues que vas a comprar”. Julio, muy suelto de huesos respondió: “vamos cojudo, si te digo llévame en tu carro a cagar no vienes, así que dale nomás”.
Al buen Valdemar casi le da un infarto de molesto. Lo peor es que Julio le contó a sus amigos presentes en el matrimonio y todos se reían celebrando la gran ocurrencia. Sólo Valdemar estaba más furioso que una avispa cuando le tumban su panal.
“Ha subido la gasolina”
Cuando era niño - el profesor Francisco Panta Curo - ayudaba en la economía de su hogar vendiendo flores, que su abnegada mamacita traía de Piura y que cultivaba la familia Curo, en su chacra cerca al llamado Pozo de Ponjayo.
A las siete de la mañana, de los sábados y domingos, ya se le podía observar al niño Panchito con su camisa celeste manga larga y su pantalón remangado, dejando observar sus pronunciadas canillas. Llevaba, colgada de su brazo derecho, una canasta redonda, llena de aromáticas y multicolores flores. Al pasar por las calles gritaba: ¡compra flores!, y de casa en casa iba ofreciendo su aromático producto, que las familias utilizaban para adornar la imagen de algún Santo o de la Virgen María, o para rendir homenaje a los difuntos.
Un buen día llegó a la casa de don Julián Bernal y soltó su clásica pregunta:
- Ñoooraaaa, ¿compra flores?
Don Julián que se aprestaba a ir a su chacra le preguntó:
- ¿Cuánto cuestan?
- Días don Julián… 20 intis nomás - contestó Panchito
- ¿Y no anteayer me vendiste a 15? - le reclamó don Julián
- Es que ha subido la gasolina don Julián - explicó muy seguro, Pancho.
Don Julián, un poco serio, le respondió:
- Cojudo, seguro que tus flores las riegas con gasolina.
“¿Qué hace don Daniel en la secretaría?”
La profesora Margarita Tume Chunga estaba enseñando a sus alumnos, de primer grado, del Complejo Educativo de Bernal, el funcionamiento de las diferentes oficinas del plantel.
Visitaba las aulas para mostrar para qué eran útiles. Llega a un aula y pregunta - señalando la pizarra - ¿Cómo se llama esto? Los niños en coro contestan “pizaaaarraaaa”. ¿Para qué sirve la pizarra?, pregunta nuevamente. “Para escribir” gritan los niños. “Muy bien”, dice la profesora. “Ahora vamos a otro lugar”. Llegan a la dirección y la profesora pregunta: “¿Qué funciona aquí?”. “La direccióóón”, vuelven a gritar en coro los niñitos. ¿Quién es el Director? “El profesor Calixto Chunga”, contestan los niños. ¿Cuál es su responsabilidad?, vuelve a interrogar la profesora. “Dirige el colegio, aunque algunas veces no viene porque se marea”, dijeron los niños. “ssshhhhh, cállense malcriados”, dice la educadora, a punto de soltar una carcajada. Ahora dirigiéndose a otro lugar pregunta “¿Qué funciona aquí?”. “La subdireccióóóón”. “¿Quién es el subdirector?”. “El profesor José Sebastián Llicán Chancafe”, es la respuesta unánime. “¿Cual es su función?”, sigue preguntando. “Asume la dirección cuando se le encarga o cuando el director no viene”, contesta un niño muy bien peinado. “Además está a cargo del personal docente de primaria”, dice otro por no quedarse atrás. “Muy bien”, dice orgullosa la profesora Margarita. Por último “veamos acá”, dice señalando otro lugar y vuelve a interrogar: “¿Qué funciona aquí?”. “La secretarííííííía”, ensordecen a la profesora los niños. “¿Y qué se hace en la secretaría?”, dice doña Margarita. Los niños responden, “se guarda el chivo”. “Archivo”, corrige la profesora. “Y se da trámite a la documentación”, dice otro niño. La profesora no podía ocultar su felicidad y orgullo pues sus alumnos habían asumido rápidamente sus enseñanzas. “Vamos con la penúltima pregunta, ¿quién tiene a cargo la Secretaría?”. “Don Daniel Bayona Amaya”, contestan los niños. “Por último, ¿qué hace don Daniel en la secretaría?”. “SOLO ESTÁ QUE SE RIE”, gritó un niño mirando a don Daniel Bayona.