Cuento
LOS CAMOTES DE LA MARÍA DOMINGA
Juan Tume Pingo
A mis nietecitos Juan Luis Emilio Carlos Ernesto y Wilmer Martín. Por sus dos sonrisas de esperanza y para que valoren las vivencias de nuestros abuelos.
Don Jesús Pingo era uno de esos viejos que no le temía a nada. Era de contextura gruesa, estatura mediana, trigueño, cabello plateado. Se le podía observar por las calles de su tierra querida - Bernal - montado en su burro, dirigiéndose a trabajar a la planta de agua potable, donde lo había dejado don Alejandro Alverdi Carrión, Prefecto de Piura. Era tan precavido que hacía coincidir, cada 15 días, sus días libres en sábado y domingo para poder ir al Overo, una parcela agrícola que le habían entregado los personeros de la comunidad. Era tan solidario que pidió también para otros que, según él, “tenían necesidad”.
El Overo era una zona enclavada en medio del inmenso desierto de Sechura, al este del pueblo de Cerritos. Para trasladarse hasta allá, el viejo Pingo se tomaba cuatro horas en su fiel y manso burrito. En ciertas ocasiones llevaba como peones a Jacinto Curo, Vicente Periche y “Mechito” Loro. Llevaba bastante hoja para sembrar camotes, que era lo que más sembraba junto a algunas plantas de frejol de palo y sandías. Generalmente se quedaba a dormir solo o con sus peones. Para alimentarse llevaban víveres que cocinaban acompañándolos con los ricos bagres que pescaban en la caja del río, poniendo tercios de bejuco. Había tanto bagre que el viejo consideraba una bendición de Diosito. De regreso regalaba a sus vecinos una buena cantidad de bagres, que llevaba en un churuco, que su vieja María siempre le ponía en la alforja. Lo hacía pensando en que todo lo que es de Dios debe ser compartido para que nunca se acabe.
Contaban que el Overo era el territorio de la María Dominga, una misteriosa mujer que un día, siendo niña, se encantó junto a su ato de chivos, por un caserío de Catacaos, y que ahora vive vagando por el desierto de Sechura.
La siembra del camote era tarea sólo en los años que pasaba el agua del río Piura - al que llamaban Río Loco - hacia las lagunas de Ramón y Ñapique. Cuando llovía, el viejo se alegraba pues sabía que cosecharía bastante camote. Fueron muchos los años que el viejo cosechó. Era la admiración de sus vecinos porque sólo él cosechaba bastante camote. Su cosecha era tanta que, aparte de cargarlo en burros, tenía que recurrir a su compadre “Chota” para que le alquile su carreta.
Cierto día, el viejo Pingo, se fue como de costumbre a cosechar. Iba acompañado de sus inseparables amigos Jacinto y Mechito. Mientras uno palaneaba removiendo la tierra, otro recogía el camote - y lo iba amontonando - y el otro sacaba con su pie el camote del terreno más arenoso. Conversaban, bromeaban, reían. Sentían felicidad por ver parir a la madre tierra. De rato en rato bebían con gozo la rica y fresca chicha de jora. Después de tres horas habían sacado tanto camote que decidieron no quedarse hasta el otro día. Se dirigieron a levantar la hoja que la semana anterior habían cosechado, para botarla al coloche. Quedaron atónitos cuando al hacer esto encontraron más camote. Un frío recorrió el cuerpo del viejo, pero no dijo nada para no atemorizar a sus peones. Estos decían “¡pero si el camote de esta hoja ya lo hemos sacado la semana pasada!”. El viejo se hacía el desentendido y sólo se limitaba a decir “apúrense hombre para cargar el burro y mandarlo adelante mientras nosotros sacamos más para llenar la carreta”.
Cargaron el burro y lo arrearon para que se vaya solo. Ese burro tenía la particularidad de ser obediente. El viejo Pingo le asentaba un palmazo en las ancas y gritaba ¡urroooooo!, y el animal salía trotando y no paraba hasta llegar a su casa. El viejo Pingo hacía esto, también, cuando se quedaba tomando chicha donde doña Clara Tume.
Mientras veían perderse al burro por el caliente y polvoriento camino, ellos se quedaron sacando más camote. Según el viejo, el burro llegaría a Bernal como a las tres de la tarde y lo descargaría su hijo Julio que tenía su taller de soldadura al costado de su casa. Terminada la tarea, equiparon la carreta y regresaron a Bernal.
Por el camino conversaban de lo buena que era esa tierra, de los grandes camotes que habían sacado. A las dos horas de camino bajaron para tomar el último poco de chicha y descansar un rato bajo la frescura de un algarrobo. Escucharon el canto triste de un pájaro y, como si fuera un aviso, emprendieron nuevamente la marcha. Llegaron con la oración, cuando el sol moría en el cálido y hermoso atardecer bernalense. Al verlo, doña María, sorprendida, un poco asustada y dejando de hilar, le dijo al viejo Pingo:
- ¿Por qué no me dijiste que regresarías hoy mismo para dejarte comida?
- Para eso he mandao al burro adelante con la carga - contestó el viejo.
- ¿Qué burro?... acá no ha llegao nada - dijo sorprendida doña María.
- ¿Cómo que no ha llegao?... ese animal debe haber llegao, a más tardar, a las tres de la tarde – se asustó el viejo.
- Ave María Purísima… no ha llegao por acá el pobre animal – lo miró preocupada su vieja, persignándose.
Muy pensativo y conmocionado quedó el viejo. Después de comer una caballa salada con mote, que le preparó la viejita, se dirigió a la casa de su yerno Teodomiro. Lo encontró tomando chicha y jugando casino con Julio Pingo, Chota, Jeruco, Perombre y otros. El viejo les narró lo sucedido. Su hija Felicia le sirvió un picao que el viejo comió sin entusiasmo. Todos se asustaron. Unos decían que se había desviado de camino. Don Gonzalo Chunga – que acababa de llegar – dijo: “tenga cuidado compadre que por ese sitio anda la María Dominga”. Nadie comentó esto por temor. Se le notaba preocupado al viejo.
Al amanecer el viejo Pingo se dirigió a su trabajo. Le tocaba dar agua por tres días, por lo que no podía ir en busca del burro. Él creía que se había encalabernado y moriría porque llevaba más de dos quintales de camote sobre su lomo. Sentía pena en el alma por su burrito, fiel acompañante de muchos caminos. Llegó a su casa y su María - al notar su sentimiento - le dijo: “no tengas pena, ya te conseguirás otro burro”. Pero el viejo ese día no comió. Se la pasó sentado frente al fogón, con los dedos de las manos entrelazados y la mirada en las brasas de carbón, hasta que su vieja le dijo: “anda duerme viejo que ya te estás cabeciando”.
Al otro día todo seguía igual. El viejo casi ni hablaba. Fue a su trabajo. A los arrieros que pasaban por el pozo de agua les preguntaba si habían visto un burro cargado de camote. Nadie le daba razón. Regresó a su casa y se sentó en su sala, mirando hacia la calle. La tarde caía sobre los frondosos algarrobos. Los pájaros iban apagando sus cantos. El viejo se restregó los ojos. Creía que lo que estaba viendo era una ilusión producto de pensar tanto en su animalito querido. Pero no. Su burro estaba frente a él cargando el camote, tal como lo había mandado del Overo. Salió corriendo y el noble animal acariciaba, con la cabeza, a su amo. El viejo se alegró mucho, llamó con gritos a su hijo Julio para que lo ayude a descargar. Luego de esto dejó caer medio costal de algarroba para el burro. Mayor fue la sorpresa cuando el animal casi ni probaba la algarroba. Se percató que tampoco había llegado sudado. “Algo ha sucedido”, dijo entre sí el viejo. Más tarde llegó Mechito a decirle que, cuando estaba en su chacra de Coronado, había visto pasar, a lo lejos, un burro parecido al suyo, cargando unos sacos. El viejo Pingo con una sonrisa cargada de felicidad suspiró diciendo: “aunque te parezca mentira el burro ha llegado con su carga, sin siquiera haber movido su cincha”.
Este hecho trajo muchas conjeturas. Los bernaleños recordaron con consternación que, hacía un tiempo, habían traído mal de salud a doña Alejandrina Bancayán desde el Overo. La trajo doña Marina de don Paiva, cierta vez que fueron a sacar camote. En esa oportunidad la María Dominga se presentó vestida de hombre, como un cachaco. Doña Aleja se desmayó y estuvo casi 5 años sin salir de su casa, ni siquiera a asomarse a su puerta. Otros recordaron lo que muchos decían: que veían una mujer muy bonita que andaba por el campo. El viejo Pingo se resistía a creer.
Después de un tiempo, el viejo siguió yendo al Overo. Sus amigos que lo acompañaban ya no quisieron hacerlo por miedo, poniendo una serie de pretextos. Pidió que - por precaución - lo acompañen sus nietos Ángel Chiculas y Ramos El pollo. Justamente cierta vez, Chiculas, encontró una pata con una nidada de patitos, detrás de una loma. Los quiso agarrar pero los animales no se dejaron. Los persiguió y se fueron al río y una vez en el agua desaparecieron a una velocidad increíble. Eso asustó a Chiculas que inmediatamente comunicó lo sucedido al viejo. El viejo sólo se limitó a decir, “no temas hijo porque si te vas a asustar, el espanto - si es que existe - te va a beber la sangre”.
Mientras tanto la cosecha continuaba. Los demás parceleros ya no tenían camote y el viejo Pingo no tenía cuando acabar.
A Bernal llegó la cosecha de algodón. Los agricultores por ese tiempo aprovechan a mandarse a construir sus carretas por lo que Ángel y Ramos - ocupados en estos menesteres - no pudieron acompañar al viejo que tuvo que irse solo al Overo. Después de arrear su burro cuatro horas llegó. Los rayos del sol anunciaban casi el medio día. Comió su fiambre antes de comenzar a cosechar el camote. Al acercarse a un coloche movió con su pie la hoja seca que había cosechado un mes antes. Otra vez su sorpresa fue indescriptible al ver más camote. En vez de alegrarse le entró un sentimiento como de cólera. Terminó de comer, ordenó sus ollas en la alforja y se fue a dar una vuelta por su parcela, dándose cuenta que todavía tenía camote por sacar en otros sitios; sin embargo resolvió cosechar por el lugar donde había dejado su alforja.
Empezó a sacar los camotes con su pié. A los lejos se escuchaba el rumor de las aves del campo. El viento hacía crujir las ramas de los algarrobos. Levantó la mirada, con su mano limpió las gruesas gotas de sudor que surcaban su rostro. Se dio cuenta que no había ni un cristiano por el lugar. Se volvió a agachar y a los pocos minutos escuchó el rumor del viento y un ruido como de lata. Sorprendido levantó la mirada. Frente a él se hallaba una mujer joven y hermosa, vestida de blanco, con dos franjas cruzadas en el pecho que al brillar - con el fuerte sol sechurano - dejaban ver su material en oro y plata.
- ¿Qué haces? - preguntó la misteriosa mujer
- Aquí señorita cosechando unos camotitos - contestó tímidamente el viejo y pensando rápidamente: “esta es la María Dominga, pero no me voy a asustar carajo. No me asusté cuando trabajaba de noche en Vicús, en la Hacienda de don Domingo Seminario, como tractorista removiendo el cerro para sacar huacos y se me aparecía el espanto en forma de luz, me voy a asustar ahora.
- ¿Si hay camotes? - lo sacó de sus pensamientos la mujer.
- Si señorita - dijo el viejo mirando la hermosura que tenía al frente.
- Bueno… vengo a preguntarle a ud. si se quiere casar conmigo – arremetió la misteriosa mujer, para sorpresa del viejo.
- Este… no… no señorita – balbuceó con un poco de temor y sorpresa el viejo.
- ¿Por qué? - preguntó ella.
- No señorita, ya estoy viejo, además no tengo plata y para eso se necesita plata.
- Eso no es problema - contestó ella acomodándose la larga cabellera.
- No… además tengo mi mujer - volvió a decir el viejo.
- No se preocupe por ella, si quiere la deja asegurada… yo le doy la plata para que le de y nosotros nos vamos a otro sitio, donde no nos va a faltar nada.
- No señorita no me puedo casar con usted - se resistió el viejo.
- Si no te quieres casar conmigo espero no te pese.
- No señorita además tengo mis hijos y yernos y qué ejemplo les voy a dar.
- Bueno pues hasta otro día - dijo la mujer y se marchó señalándolo con el índice derecho, como amenazándolo.
El viejo no podía salir de su asombro. Cuando se recuperó siguió a la mujer con la mirada y la vio perderse detrás de una loma. Cuando hubo desaparecido corrió hacia ese lugar para ver hacia donde se dirigía la María Dominga. Llegó detrás de la loma y un frío recorrió su espalda al comprobar que no había un solo rastro, como si nunca hubiera pasado una persona por ahí. Por primera vez sintió temor. Volvió a su tarea para recoger el camote e irse inmediatamente a su casa. Su rostro curtido por los años palideció al no encontrar nada de camote. Sólo recogió dos arrobas. Con el miedo en sus espaldas aparejó su burro y se fue. “Mañana vengo con mis cholos” dijo y partió a su Bernal querido.
Al llegar a su casa contó lo sucedido a la vieja María y el resto de su familia. Todos se asustaron, menos su vieja que le dijo:
- Viejo demento le hubieses recibido la plata y te hubieses casado con ella, al fin ya estás viejo.
- Calla vieja sonsa, ¿no te das cuenta que si me caso con ella me encanta y nunca más regreso a esta casa? - contestó él.
Al siguiente día todos fueron al Overo, Julio, Teodomiro, Ángel, Ramos y el Viejo Pingo. La idea era sacar todo el camote. Al llegar no encontraron ni para remedio, como dijo - suspirando - el viejo.
De regreso todos venían callados y pensativos. Cerca de Cerritos, el viejo, se animó a contarles a sus acompañantes que desde hacía tiempo notaba algo raro en su parcela. Les confió que en las noches, cuando se quedaba a dormir en el Overo, se veía una luz como de un tractor y que al amanecer las lomas se veían más bajas y posiadas listas para sembrar la hoja. También les contó que siempre cantaba un pájaro conocido como el penoso y que su canto era feo como si viera almas en pena.
El viejo nunca más volvió al Overo que con el tiempo no sólo dejó de dar camote sino que con la lluvia y la venida de una gran corriente del río Piura desapareció. Esa parcela del viejo Pingo se convirtió en caja de río. Cada vez que el viejo recordaba esa rica tierra suspiraba por los tantos frutos y alegrías que le dio. Siempre que tomaba chicha contaba que él “despreció la suerte con la María Dominga, que si se hubiera casado con ella nada le faltaría a él y a sus hijos”. Pasó los años con ese recuerdo en sus entrañas hasta que el 02 de mayo de 1996, a los 96 años, dejó este mundo. Antes de dar el último suspiro de vida dos gruesas lágrimas surcaron su arrugado rostro taciturno, seguramente recordando a su Overo y los dulces camotes.
Lo llevaron al cementerio de Bernal mientras los Nunuras de Chepito entonaban “Viejo mi querido viejo”. Las personas que lo habían querido lloraban. Cuando el atardecer daba paso a las primeras sombras de la noche la gente lo dejó en su última morada. Cuando ya toda la compaña abandonaba el cementerio, su nieto Ántero se percató que una mujer se estaba quedando sola y arrodillada frente a su tumba. La mujer era blanca, de largo pelo negro y tenía puesto un vestido celeste. Fue la única que no siguió a la compaña, pero Ántero no dijo nada en el momento. Cuando contó esto las gentes se miraban unas a otras como si la sombra de la María Dominga los persiguiera. Un rumor de que el cadáver del viejo Pingo había sido llevado por la misteriosa mujer quedó entre el tiempo y el silencio.
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